Mi Tio es mi Mascota Parte 1
La llegada de Rikuto a la vida de Rico no fue la de un tío protector, sino la de un dios derrumbado. El hombre que una vez irradió poder ahora se arrodillaba ante ella, con un trozo de tela íntima como corona de su humillación. Para Rico, solitaria y acostumbrada a un mundo de fantasías secretas, aquella sumisión era un imán irresistible. No lo vio como un familiar, sino como un lienzo en blanco sobre el cual pintar sus deseos más oscuros. Aceptó su presencia bajo una única condición: su completa y absoluta obediencia. Lo rebautizó como su “mascota”, un ser vivo cuyo único propósito era satisfacer los caprichos de su nueva dueña, transformando la casa en un laboratorio para la exploración de su propia dominación recién descubierta.
Las tareas de Rikuto pronto trascendieron el ámbito doméstico para sumergirse en un pantanal de servidumbre erótica. Rico, liberada de sus ataduras, lo obligaba a limpiar el suelo con la lengua, a usar vibradores bajo la mesa mientras comían y a masturbarse para ella como si fuera un espectáculo privado. Cada orden era una inyección de poder que la embriagaba, y cada acto de sumisión de él, una confirmación de su control. La relación se convirtió en un ciclo de degradación y éxtasis, donde los límites entre el amor familiar y la lujuria tóxica se disolvieron en un mar de fluidos y sumisión, convirtiendo su hogar en el escenario de una depravación consentida y voraz.








